En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Autopoiesis: la maquinaria biológica de la realidad

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

¿Creemos porque existimos o existimos porque creemos?

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Ricardo Alonso Arévalo

Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia

“Lo que los hombres realmente quieren no es el conocimiento, sino la certidumbre.”

 Bertrand Russell

 

La convicción, esa cálida y reconfortante sensación de que “sabemos”, de que nuestras creencias son sólidos pilares erigidos sobre la roca inmutable de la realidad. Nos aferramos a ella como náufragos a una tabla, convencidos de que refleja el mundo tal cual es. Es casi un deporte: acumular certezas, defenderlas con fervor y mirar con condescendencia a quienes no comparten nuestro“evidente” entendimiento del universo. Para bajarnos el ego a punta de humildad, la cibernética y una dupla de pensadores chilenos perspicaces –Humberto Maturana y Francisco Varela– nos dijeron que quizá, solo quizá, nuestras creencias más profundas no son ventanas al mundo, más bien son los intrincados mecanismos que nos permiten, como sistemas vivos que se autoproducen, seguir siendo nosotros mismos en una danza circular de automantenimiento y coordinación con otros. ¿Y si creemos lo que creemos no porque sea “verdad”, sino porque de alguna manera biológica e inevitable es lo único que podemos creer para seguir existiendo?

La respuesta, según parece, no reside en la prístina captación de datos externos, lo hace en una historia mucho más íntima y egoísta: creemos lo que nos permite seguir viviendo. Esta no es una afirmación meramente poética, es una que hunde sus raíces en la propia definición de la vida propuesta por H. Maturana y F. Varela: la autopoiesis. Un ser vivo, desde una humilde célula hasta nuestro engreído Homo sapiens, es un sistema autopoiético, una red de procesos que se produce y mantiene a sí misma de manera contínua, generando sus propios componentes y definiendo sus propias fronteras. En pocas palabras: su sistema interno —esa maravillosa maquinaria biológica– opera en referencia a sí mismo, no a un supuesto “exterior”.

¿Y nuestra antena parabólica de realidad que conocemos como sistema nervioso? Maturana nos dice que no es un detector de verdades externas. No. El sistema nervioso es más bien una red neuronal cerrada en su dinámica. No capta información, genera correlaciones internas entre sus estados sensoriales y motores, moduladas, sí, por perturbaciones del medio, pero nunca instruidas por ellas. Recordé un video de una pobre salamandra con el ojo rotado que lanzaba la lengua al lado contrario de la comida. Pues si la tuviera enfrente, me disculparía por haberme burlado y  le diría que no estaba equivocada, su sistema nervioso simplemente mantenía sus coherencias internas preestablecidas. De manera similar, nosotros no “vemos” el mundo, construimos un mundo a través de la danza continua de nuestro acoplamiento estructural con el medio. Creemos en aquello que nos permite seguir bailando sin tropezar, aquello que mantiene nuestra autopoiesis. Nuestra realidad es nuestro propio mundo, significado y construido a través de nuestra historia de interacciones. Así que esa verdad inamovible que defiende a capa y espada es, en esencia, la configuración que le ha permitido a su biología particular seguir funcionando hasta hoy. Un poco desalentador, ¿verdad?

Entonces, ¿cómo pasamos de la miserable célula autoproducida a nuestras complejas y, seamos sinceros, a veces absurdas catedrales de creencias? Pues bien, así como la célula mantiene su integridad biológica a través de una red cerrada de producción, nosotros, como seres sociales, nos envolvemos en sistemas que también se autoproducen, aunque su materia prima sea algo tan etéreo como la comunicación. Piense en la sociedad, o incluso en su círculo de amigos más cercano, como una especie de máquina autopoiética de conversaciones; una red que se define y mantiene a sí misma a través de sus propias operaciones comunicativas. Para permanecer dentro, para ser parte funcional de esta red, debemos participar en sus juegos de lenguaje, en esas coordinaciones consensuales de acciones que Maturana llama “lenguajear”. Y aquí viene el giro dramático, el motor secreto de todo este tinglado: la emoción. No adoptamos creencias por pura lógica, lo hacemos porque nuestras disposiciones corporales, nuestras emociones, definen el contexto y nos empujan a coordinarnos. Y la emoción reina, el pegamento que lo une todo, es esa cosa tan fundamental llamada ‘amor’, entendida como la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia. Creemos lo que cree nuestra tribu porque buscamos esa aceptación, esa pertenencia. Nuestras creencias son, en gran medida, el carnet de socio de nuestro club social preferido, el cálido y a veces sofocante capullo que tejemos juntos para sentirnos seguros y, sobre todo, reales.

Así, nuestras creencias son fenómenos relacionales, construcciones que emergen de nuestra biología autopoiética y de nuestra inmersión en redes de “lenguajear”. Creemos en aquello que valida nuestra existencia, que nos permite coordinarnos con otros, que sostiene el tejido social y que, fundamentalmente, no amenaza nuestra integridad como seres vivos. Es una epistemología de la supervivencia, no de la correspondencia. Esto nos lleva a la objetividad. Reconocemos que “todo lo dicho es dicho por alguien”, que nuestro conocimiento es una construcción, pero no caemos en el solipsismo. Validamos nuestras creencias a través del consenso, de la coordinación en dominios compartidos, pero debemos recordar siempre que esos dominios son construidos, no descubiertos.

Entonces, ¿por qué creemos lo que creemos? Porque nuestras creencias son las correlaciones internas, las coordinaciones de acciones y las narrativas compartidas que nos han permitido -como individuos y como especie- mantener nuestra organización, 

autonomía y viabilidad en un mundo que no conocemos directamente, y que coconstruimos al vivirlo. Creemos porque es la única forma que tenemos de ser y estar en el mundo. Creemos, en definitiva, porque no tenemos más remedio, por lo que deberíamos tomar nuestras más férreas convicciones con cautela y no ser fanáticos. Después de todo, solo son las reglas del juego que hemos acordado –o que nos han hecho acordar– para seguir jugando. Sé bien que nuestro origen y nuestra identidad seguirán siendo grandes enigmas. Caray, hasta Maturana y su discípulo –aún con sus valiosísimas aportaciones– lo sabían; pero su principal legado para mí, es que llevaron a una simple pero pacificadora reflexión: la convivencia más sabia consiste en tomarnos un poco menos en serio a nosotros mismos.

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