Más allá del gol
Por: Diego Cabrera Miroz
En 2007 México fue sede del Mundial de Ajedrez
Escuela Nacional de Ciencias Forenses
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El pasado 20 de abril del 2026, Teotihuacán regresó trágicamente a una lógica de sangre. No en forma de ritual político-religioso, sino a través de un ataque armado perpetrado por un individuo con afinidades hacia la cultura de los tiroteos escolares, fenómeno cuyo origen suele vincularse con Estados Unidos.
Diversos elementos del caso apuntan a la posibilidad de un acto con tintes terroristas. No solo por la carga simbólica e histórica de Teotihuacán, sino también por los antecedentes del atacante: una aparente idolatría hacia figuras y eventos marcados por el odio, la intolerancia y el resentimiento. Entre estos referentes destacan episodios como la masacre de Columbine en Estados Unidos, así como narrativas más amplias de violencia histórica. A ello se suma un factor relevante en años recientes: la influencia de la cultura incel.
Este último fenómeno ha ganado visibilidad mediática, por ejemplo, a través de series como Adolescence, pero su importancia trasciende lo cultural. Durante mucho tiempo se consideró un problema acotado a sectores juveniles en Estados Unidos, caracterizado por dinámicas de radicalización en entornos digitales y por la retroalimentación constante de discursos de odio. Sin embargo, su expansión sugiere que ya no se trata de un fenómeno aislado, sino de una manifestación que comienza a arraigarse en otros contextos, incluido México.
En términos generales, esta expansión puede entenderse como parte de un resurgimiento global de posturas conservadoras y de derecha. Desde una perspectiva teórica, dicho repunte responde, en parte, a la reacción frente a la ruptura de ciertas zonas de confort social y a la percepción de pérdida de pertenencia dentro de determinados grupos. En el caso de los incels, esta necesidad se articula a través de la llamada machósfera, un entramado de comunidades que construyen identidad a partir de la exclusión y el resentimiento. El refuerzo ideológico de este entorno se da mediante foros, redes sociales e influencers que difunden discursos contrarios al feminismo, a la igualdad de género y, en muchos casos, directamente hostiles hacia las mujeres.
Aunque estas comunidades no siempre derivan en actos de violencia física colectiva, sí promueven una visión del hombre de alto valor que puede propiciar dinámicas de frustración, aislamiento y radicalización individual.
Uno de los principales riesgos de estas posturas radica en su interseccionalidad: la facilidad con la que pueden conectarse con otros espacios aún más peligrosos. Entre ellos se encuentra la llamada True Crime Community, donde algunos usuarios no solo consumen, sino que llegan a glorificar atentados como el de Columbine. Esta convergencia de discursos y prácticas amplifica el potencial de daño, tanto a nivel individual como social.
En México existen antecedentes previos al ataque en Teotihuacán que presentan patrones similares: procesos de radicalización juvenil, inspiración en crímenes reales y una búsqueda de validación en redes sociales. A ello se suma un profundo resentimiento hacia el entorno, que empuja a algunos jóvenes hacia la manósfera, comunidades digitales que promueven la masculinidad tóxica, el antifeminismo y la misoginia, a perpetrar actos de violencia fuera del mundo virtual.
Casos como el de Lex Ashton, y su ataque en el CCH Sur el pasado 22 de septiembre de 2025, reflejan estas dinámicas que parecen repetirse en el perfil de Julio César, señalado como “el tirador de Teotihuacán”. La relevancia social de este caso radica en los cambios que implica la presencia de estas subculturas digitales en el país.
En un contexto ya marcado por altos niveles de violencia, con un promedio cercano a cien homicidios diarios y entre uno y ocho feminicidios al día, la aparición de este tipo de fenómenos añade nuevas formas de riesgo: amenazas motivadas por razones de género y la posibilidad de atentados inspirados en modelos extranjeros. Lejos de ser hechos completamente atípicos, comienzan a insertarse en un entorno caracterizado por la descomposición social.
Ante este panorama, surge una pregunta inevitable: ¿cómo contener el crecimiento de estas dinámicas o intervenir antes de que deriven en actos de violencia? Desde el ámbito universitario, una de las herramientas más inmediatas es el pensamiento crítico: cuestionar los discursos radicales, analizar sus premisas y reconocer sus contradicciones. También resulta clave identificar señales de alerta, como el aislamiento progresivo, el consumo constante de contenido que instrumentaliza ideas filosóficas, como el estoicismo, para justificar posturas rígidas, o la normalización de la cosificación y deshumanización de las mujeres.
De no asumir esta responsabilidad crítica, la pregunta podría transformarse en una mucho más inquietante: ¿cuántos casos más, vinculados a estas subculturas, serán necesarios para que autoridades, instituciones y medios reconozcan a la machósfera y a los discursos que vulneran los derechos humanos como una problemática urgente que exige atención?
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