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Crédito: REUTERS

América Latina bajo presión

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¡Déjennos vivir nuestra propia Edad Media!

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Jaziel Arath Hernández Salazar

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

La vida en América Latina nunca ha sido descrita como una historia estable, sino como una realidad atravesada por tensiones sociales generadas por la desigualdad, la religión, la censura, la delincuencia organizada, la militarización, la debilidad de las instituciones gubernamentales, la presencia de dictaduras, la desinformación y, claramente, el intervencionismo extranjero. 

En muchas ocasiones, los latinoamericanos asumimos que los países considerados como grandes potencias son modelos a seguir, ignorando que esos países del llamado “primer mundo” cometieron —y continúan cometiendo— atropellos que, de forma directa e indirecta, nos afectan y nos mantienen en condiciones de desigualdad. 

El poder que ejercen los Estados de cada nación es relativo con respecto a otros. En América Latina, el pueblo suele ser víctima de su propio gobierno; pero cuando aparece una nación con un “mazo” más grande, esta es capaz de someter tanto al pueblo como a su gobierno e imponer un orden que le resulte conveniente a sus intereses. 

A raíz de los acontecimientos ocurridos en Venezuela el pasado 3 de enero de 2026, la polarización en México se ha intensificado. Esto no solo se debe a los diversos posicionamientos generados tras la detención de Nicolás Maduro y la infame intervención extranjera perpetrada por EEUU, sino también a la amenaza de intervenir el territorio mexicano, según el discurso de Donald Trump, para “poner orden” sobre el problema del narcotráfico. Dicha amenaza ha provocado una fuerte discusión entre quienes exigen que se intervenga el país y se derroque al gobierno de México, y aquellos que defienden apasionadamente la actual administración. 

El error que observo es que ninguno de estos extremos parece considerar que ambas posturas resultan perjudiciales para el país. Con esto no pretendo imponer una ideología, sino invitar a una reflexión conjunta y centrar la atención en la situación de México a la luz de lo ocurrido en Venezuela. 

Por un lado, la defensa ideológica que promueven los simpatizantes del actual gobierno mexicano, vulnera la pluralidad de pensamiento, lo cual resulta peligroso, ya que las otras formas de pensamiento son estigmatizadas y señaladas de oposición sin fundamento. A ello se suma que el apoyo acrítico al gobierno deriva en una disminución de la exigencia de rendición de cuentas hacia los actores políticos, a quienes se les conceden niveles de aprobación excesivamente altos. A largo plazo, esto puede derivar en una dictadura, algo que como latinoamericanos conocemos bien, y que como mexicanos vivimos durante 75 años bajo un régimen en el que cambiaban los personajes políticos, pero no el partido: el PRI. Una dictadura permanente sostenida mediante el ejercicio de una falsa democracia. 

En el otro extremo, quienes piden una intervención extranjera en territorio mexicano para derrocar al gobierno parecen ignorar las consecuencias que esto podría traer. Resulta irreal solicitar que fuerzas extranjeras intervengan el lugar que habitamos, especialmente cuando México ya ha enfrentado intervenciones militares (sin contar invasiones). Pensar que la intervención de un país idealizado como “primer mundo” es la solución mágica a nuestros problemas, refleja una grave falta de criterio y una forma cómoda de deslindarse, como ciudadanos latinoamericanos, de la responsabilidad histórica que tenemos para construir un país digno y hacernos respetar frente a naciones que buscan imponer su propio concepto de libertad. 

Como mexicanos, deberíamos reflexionar sobre lo ocurrido en Venezuela, de tal manera que el análisis nos sirva como una herramienta de aprendizaje histórico y nos permita desarrollar empatía hacia la situación del país sudamericano. Ello, más allá de cualquier postura que se tenga respecto a sus conflictos nacionales e internacionales, contribuiría también a evitar comentarios xenófobos dirigidos hacia su población. 

Más allá de posicionamientos ideológicos, simpatías por determinado partido político o determinar quién posee la razón, se trata de nosotros: seres humanos habitantes de una región que históricamente ha sido invadida por naciones más poderosas que las nuestras y que, para bien o para mal, somos y moriremos siendo latinoamericanos merecedores de respeto y dignidad.  

La dictadura y la intervención extranjera son formas de dominación que abrevan de ideologías extremistas. No es aceptable que, en pleno siglo XXI, se siga agrediendo la soberanía de países incapaces de defenderse ante potencias militares; y tampoco es aceptable que permitamos la existencia de dictaduras internas o impuestas desde el extranjero.  

En su libro El General en su Laberinto, Gabriel García Márquez narra que Simón Bolívar, después de su exilio, en uno de los tantos pueblos en los que se detiene, es invitado a comer por habitantes de algún lugar en las islas del Caribe. Los anfitriones, deliberadamente invitan a un europeo a la reunión, pues tenerlo presente en la comida representaba prestigio, poder y la posibilidad de mostrarse importantes frente a Bolívar. Se relata que, durante la comida, el europeo cuestiona a Bolívar sobre la capacidad de los latinoamericanos de gobernarse a sí mismos —como dando a entender que el caos político en latinoamérica es causa de cierta inmadurez política e histórica—, Bolívar responde, en aquellos años, que Europa debería dejar a América Latina experimentar su propia Edad Media, así como Europa había vivido la suya, antes de aprender a gobernarse. 

En efecto, América Latina no necesita salvadores ni verdugos, necesita tiempo, memoria y responsabilidad histórica. Defender ciegamente a un gobierno o suplicar una intervención extranjera son dos formas distintas de renunciar a nuestra soberanía y a nuestra condición humana. Reconocer nuestros errores, exigir cuentas a quienes nos gobiernan y rechazar toda forma de imposición —interna o externa— es el único camino para construir un futuro propio. Que nos dejen vivir nuestra propia Edad Media no es una justificación del atraso, sino una exigencia de dignidad: el derecho de aprender, equivocarnos y gobernarnos por nosotros mismos.

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