Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creativdad.
Foto de Adnan Uddin

Allá en la noche

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

¿Son brujas o nahualas las que vienen en la oscuridad?

Picture of Eugenia Quezada Perches

Eugenia Quezada Perches

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Después de dormir tranquila por unas cuantas horas, mi mamá me despertó entre susurros temerosos bajo el manto de la madrugada. Apenas la podía escuchar, su voz era tan delgada como el pelo de un gato. Decía mi nombre, “Celia, Celia, despierta, recuerda tu mandado”. Ya lo había olvidado, era cumpleaños de mi abuela y mis hermanos y yo teníamos que cantarle las mañanitas, aunque fueran las cuatro de la mañana. 

Como pude me vestí entre la penumbra, encontré mi vestido blanco con la poca luz que emitía la vela de mi madre, y con el agua de la pileta logré ver mi reflejo para arreglar mi cabello. “Te ves media cucha, Celia”, me dijo mi hermano Carlos, como si él se viera de maravilla. Jose callaba, en su rostro podía ver una extrañeza que me inquietaba, pero no le di importancia, ya quería terminar con este asunto para regresar a descansar antes de irme a trabajar a la fábrica. 

Los tres tomamos ocotes para alumbrar el camino, Carlos y yo los prendimos inmediatamente, pero el de Jose nada más no prendía. La esperamos unos minutos hasta que perdí la paciencia, le arrebaté el suyo y tomé otro, les ordené que salieran quedándome sola en la acequia entre los ruidos de la huerta. La boca de lobo me tragó por unos segundos, que parecieron horas. Ningún ocote quería prender, ya no sabía si era mala suerte o si mi atención estaba en los ruidos de la huerta. Se escuchaban pasos, los silbidos del viento, el crujir de los árboles, el agua de la acequia corría como yo quería hacerlo, ya no soportaba estar prácticamente ciega, y los ocotes seguían sin prender. En una de esas logré encender uno, mi visión se nubló en lo que se acostumbraba a la luz, cuando al fin pude ver bien, el alma se me salió del cuerpo. Mi madre estaba frente a mí con su camisón, parecía un espectro entre la naturaleza, con un nudo en la garganta le pregunté si pasaba algo, a lo que ella respondió tiritando, “Celia, ya vete, tus hermanos te esperan afuera, ¿qué no escuchaste que te llamaron?”.

Salí apurada, trataba de respirar profundamente para calmarme. Carlos se había dormido recargado en la barda de nuestra casa y Jose se veía pálida, del color de la luna que estaba sobre nosotros. Caminamos en la solitaria calle empedrada, Jose y yo agarradas de la mano, la suya estaba fría y por momentos temblaba, “¿Qué te pasa, Jose?”, “no quiero estar aquí, tengo miedo Celia, algo no está bien”, “Josefina tranquilízate y no digas tonterías, es el cumpleaños de la abuela”. Jose se quedó callada. Carlos andaba en su mundo y yo solo pensaba qué tarea tendría que hacer al llegar a la fábrica, tal vez estaría en el área de tejido o me pondrían a lavar las telas, o mejor tomaría el día libre para cuidar de la huerta. Estaba tan pensativa que casi no sentí lo fuerte que me empezó a agarrar mi hermana, volteé molesta para encontrarme con sus ojos casi salidos de sus cuencas, las lágrimas comenzaban a escurrir sobre sus mejillas, y no emitía ni un sonido. 

“¡Reacciona, Jose!, tenemos que seguir”, no había terminado de hablar cuando Carlos se aferró a las dos como si se lo quisieran llevar. Yo luchaba por averiguar qué tenía mi hermana y a la vez trataba de quitarme de encima a mi hermano, cuando lo escuché. No era la primera vez que oía aquel ruido infernal, por las noches llegaba a percibirlo a lo lejos, yo lo ignoraba totalmente, así como lo que contaban las amigas de mi mamá acerca de una de nuestras vecinas. Murmuraban cuando tomaban té, decían que esa mujer hacía cosas extrañas. Las que vivían más cerca de ella platicaban que algunas noches se veían figuras retorcidas acompañadas de alaridos inhumanos. Volví mi mirada hacia donde Jose no dejaba de ver, y ahí estaba lo que tenía aterrorizada a mi madre y a todas las señoras. Con la postura encorvada, los huesos de su espalda casi traspasaban su piel, su rostro era horrible, babeaba y nos mostraba sus colmillos, igual de filosos que sus garras. 

Jose comenzó a llorar con más ganas, Carlos salió disparado hacia la casa y yo trataba de mover a mi hermana. La cosa parecía que se burlaba de nosotras mientras se acercaba. Su caminar era horrible, se tambaleaba de un lado a otro, y con sus largos brazos hacía el ademán de querer tocarnos solo para asustarnos más. La muy cínica se quería reír, ni podía, pero lo intentaba. Cuando ya casi la teníamos sobre nosotras, alcancé a oler su fétido aliento, estuve a punto de vomitar, jalé a Jose y corrimos. 

Todo mi cuerpo palpitaba, jamás habíamos galopado tan rápido, mis huaraches quedaron deshechos por el empedrado de la calle, la planta de mis pies ardía por las heridas, pero debíamos llegar a casa. En el camino, que se hacía cada vez más largo, traté de recordar el nombre con el que se referían a la mujer, estaba segura de que lo mencionaron las señoras. Entramos despavoridas a nuestro hogar, Carlos había despertado a mi papá y éste ya estaba afuera con machete en mano. Los tres nos abrazamos en lo que papá averiguaba qué pasaba. “¡Aparécete, pinche nahual!”, gritó, ese era el nombre que había escuchado. La mujer no era una bruja como llegué a pensar, era una nahuala.

Más sobre Ventana Interior

En ausencia de…

En ausencia de…

Por Alexis Boleaga
¿Qué vida puede vivirse así?

Leer
Sagrado corazón y otros poemas

Sagrado corazón y otros poemas

Por Sebastián Romo Soto
Entre enseñanza, cuidados y amor

Leer
La ciudad de los grandes esfuerzos

La ciudad de los grandes esfuerzos

Por Omar Hernández Beltrán
La utopía, que todos vivan en paz

Leer
La violencia que anida en tus ojos

La violencia que anida en tus ojos

Por Ulises Flores Hernández
Si te asaltan, no mires los ojos del ladrón

Leer
El gigante de alas metálicas

El gigante de alas metálicas

Por Ángela Nayeli Becerril Rojas
Cuando el progreso afila sus alas sobre la vida

Leer
El fin de la maña

El fin de la maña

Por Diego Yael Hernández Rodríguez
¿Qué anécdotas surgen cuando el miedo ya no gobierna?

Leer

Deja tus comentarios sobre el artículo

Allá en la noche

Una respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

11 − 5 =