Anatomía de la guerra
Por: Obed Joao da Silva Botello
La guerra ya no solo se libra con armas
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
En los últimos años la inteligencia artificial (IA) ha cobrado una gran popularidad para hacer tareas, trabajos de análisis de datos o simplemente de investigación sobre algún tema en específico. Sin embargo, no se ha quedado en el campo académico, sino que se ha extendido incluso al artístico. Pinturas e ilustraciones hechas con inteligencia artificial ya son cosas comunes en las redes sociales, de igual forma circulan videos con un realismo aterrador, donde se imita la voz humana, sus facciones y sus movimientos. Ya no es como hace unos pocos años en donde estos videos e imágenes caían dentro del valle inquietante, aquel donde se produce una sensación de rechazo o miedo a figuras que se acercan a los seres humanos sin lograrlo; ahora, en cambio, parecen seres humanos reales, lo cual es, a mi parecer, preocupante.
Con miedo a parecer un tecnófobo que no acepta el avance tecnológico porque me van a quitar mi trabajo, escribo este ensayo. Lo hago desde mi posición como escritor y dramaturgo, con la intención de hablar sobre mis temores y mis puntos de vista sobre el abrumador progreso de la IA en nuestra vida cotidiana y su expansión a todos los ámbitos humanos, desde el trabajo en las empresas hasta en el arte. El enfoque de este escrito estará en la literatura y en la IA como una herramienta que afecta el trabajo de los escritores, y al contrario de lo que se cree, lo dificulta.
La IA funciona a través de que uno le dé indicaciones específicas sobre lo que se quiere o lo que debe de contener el texto que escribirá. Esto crea un gran dificultad porque la IA contiene una base de datos que ya se encuentra cargada a su sistema, llena de autores y artistas con estilos propios que esta “inteligencia” copia y plasma de manera mecánica dentro de los parámetros que uno le pide. Es evidente con las pinturas donde mucho del arte generado por computadora es el resultado de copiar sin intención ni pasión la creación de alguien más.
Para escribir este ensayo hice un experimento. Le pedí a ChatGPT que escribiera una escena de teatro griego, así, sin otra indicación. Lo que me entregó fue una escena corta, pero convincente, con los elementos que componen el teatro de autores como Sófocles. El lenguaje fue similar, con locaciones y situaciones posibles. Mas, el experimento estaba absolutamente vacío, no decía nada; esa es la problemática más grande que yo encuentro con el uso de la IA en el arte, está carente de significado. No sirve de nada que se escriba de forma “correcta”, si no evoca alguna emoción, es un desperdicio de palabras.
El hecho de que sea posible escribir una obra de teatro dando ciertas indicaciones a una máquina significa que hay una gran probabilidad que ya se haya hecho. Hay gente que ha querido evitar el proceso creativo y la acción de pensar, equivocarse e intentar algo nuevo. No conozco ninguna obra de teatro escrita con ChatGPT o alguna otra IA, sin embargo el que no la conozca no significa que no exista, y esto funciona de igual manera con otras ramas literarias, como podría ser la novela o la poesía.
Ese es uno de los grandes riesgos del uso indiscriminado de esta tecnología, no existen filtros sobre lo que se puede lograr con ella. Si se le da las instrucciones correctas, puede ser capaz de escribir teatro, novelas y poesía de una forma imposible para una sola persona. Me recuerda a algo que ha pasado con la comunidad de BookTok que hay en TikTok: una gran parte de este rincón del internet que está enfocado en los libros, no les interesa leer, solo les gusta la “estética lectora” donde es más impresionante decir cuántos libros lees en vez de leerlos. La lectura implica sentarte, concentrarte y dedicarle un rato de tu vida al libro, la cuestión es que mucha gente no está dispuesta a pasar por eso.
Este fenómeno es a lo que el sociólogo Pierre Bourdieu llamó capital cultural, que se refiere a los bienes culturales que una persona posee, llámese libros, películas, música, teatro, etc. Se genera cierto estatus al tener este capital ya que significa que se goza del tiempo y la capacidad de conocer y dominar habilidades que otras personas no pueden. En una era en la que constantemente se nos incita a producir y conocer más, se vuelve imposible darse el tiempo de leer, ir al teatro, a conciertos, a recitales de danza; a la par que se tiene un trabajo de ocho horas al día y al que tardas dos horas en llegar.
Leer un libro puede significar que te incomode la posición en que estés leyendo, que te distraigas y tengas que volver a leer la página o que el libro no te guste y hayas perdido varias horas de tu vida en una obra que no disfrutaste, y ese es el punto. Leemos un libro sin saber si nos va a gustar, eso implica perder días o semanas en algo que no lo valía, al menos para ti, por eso la gente de BookTok solo hace la pantomima de leer sin leer. Es lo mismo que la gente que usa una IA para escribir un ensayo o en el peor de los casos, un libro o una obra de teatro, es querer erradicar la acción de crear que, en muchos casos, por no decir que siempre, es complicada. Es tardado escribir porque implica reescribir, revisar, editar, volver al principio porque pensaste en algo mejor, cambiar lo que habías escrito porque ya no te convence y empezar de nuevo, es arriesgarse a fracasar, a que te equivoques y eso es lo que hace tan valiosa la búsqueda creativa y la frustración en la escritura.
Una obra de arte no puede existir sin el estrés por fallar, porque eso también influye en la obra, en el cómo está escrita y en cómo se comunica al lector. Pensemos por ejemplo en la poesía de Alejandra Pizarnik, la cual es inentendible sin su historia personal y su dolor, la frustración de escribir y reescribir sus versos depende de ser la persona que era. Ese tratamiento y las vivencias atraviesan su obra y hacen que cada verso sea único y exclusivo de su pluma, no de alguien más, y de igual manera eso es lo que lo hace tan bello y poderoso, porque es real.
El relegar todo eso a unas pocas instrucciones a una IA es desaparecer el arte y sentirse derrotado. Implica la aceptación de la incapacidad de concebir una obra propia así como la desaparición de la figura del autor. El estilo del autor es algo único. Alejandra Pizarnik no escribe igual que Silvina Ocampo, y ninguna de ellas escribe igual a Mariana Enriquez, cada una es creadora de un arte particular y con carácter único. Si eso termina relegado a una IA entonces el estilo desaparece; la IA no siente, no se cuestiona ni se critica a sí misma. Todo autor pasa por eso, por el dudar de su propia obra, lo que le da una fuerza única y distintiva, incluso obras distintas del mismo autor comparten similitudes. Sin embargo, en las diferencias es donde estas brillan. Tal vez algo de la IA sea “correcto”, aunque sin diferencias ni intención de nada.
Se que habrá gente que esté en completo desacuerdo con lo que digo y que trate de argumentar que usa la IA como una herramienta de apoyo para la escritura, que les ayuda a ver la forma de acabar una escena, o a plantear a los personajes de forma más clara; esto es caer en el mismo problema, dejar de lado al acto creativo y la frustración para hacerlo más “cómodo.” No hay nada de malo con equivocarse, con quedarse atorado o volver a empezar de cero una obra o una novela porque no quedan como piensas. Al fin y al cabo, errar es humano.
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