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Carlos Nissim Valencia Osorio / Facultad de Filosofia y Letras

31 Minutos, un irreverente festejo a la vida

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La satisfacción de revivir nuestra infancia

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Carlos Nissim Valencia Osorio

Facultad de Filosofía y Letras

Para celebrar el Día de las Infancias este 2026 en la Ciudad de México se reunieron infantes, jóvenes, adultos y adultos mayores. Todos en el Zócalo capitalino para recibir al equipo de 31 Minutos y cantar al unísono las canciones del programa que han marcado generaciones. 

En un ambiente familiar se dio el concierto más inesperado de esta primavera chilanga. Causó revuelo la revelación del evento y la emoción crecía con cada noticia nueva que salía. Sin embargo, no es sorpresa para nadie que Tulio Triviño, Juan Carlos Bodoque, Juanín Juan Harry, Patana Tufillo, Policarpo Avendaño, Mario Hugo y muchos otros personajes de Titirilquén hayan podido reunir a más de 200 mil personas para presentar un episodio especial del noticiero más querido por Latinoamérica.

Durante muchos años el público mexicano se ha ganado el favor del equipo detrás del show debido al compromiso y cariño que le tenemos a los personajes. Lo entrañables que han vuelto sus aventuras desde el episodio piloto, donde un joven Tulio Triviño se encaraba contra un monstruo muy simpático, hasta su paso por la gran pantalla con su película homónima. 

Aunado a ello, su presencia en festivales musicales de renombre como Tecate Pa’l Norte en su última edición, o su extendida visita al museo Franz Mayer con el Museo 31 en 2024, dan fe del esfuerzo que dedicamos en territorio nacional por mantener vigente el programa, aun después de 23 años desde su primera emisión.

Esta ocasión no fue excepción, puesto que desde tempranas horas comenzaban a arribar familias quienes, a pesar del caluroso día, mantuvieron el ánimo hasta que el evento diera inicio. Al caer la tarde, se llenaba la plancha del Zócalo. Pasadas las cinco de la tarde, resultaba difícil transitar por la zona aledaña al centro para alcanzar un lugar desde el cual se pudiese ver a los títeres hacer su magia en vivo.

Por las calles se distinguían orejas rojas, calcetines con diseños romboidales, gorras blancas con audífonos de diadema u orejitas de perro chihuahua, micrófonos con ojos locos o pelucas naranjas sin peinar. Más del sesenta porciento de los asistentes portaban accesorios y ropas alusivas a sus personajes favoritos. Quien no llevase algo seguro alguien más se le acercaba para venderle todo cuanto se le pudiese ocurrir; se veía a los reporteros estrella del noticiero en forma de peluches, pósters, pins, dibujos, marionetas caseras, diademas personalizadas y hasta las ya clásicas tarjetitas de santos con sus respectivas oraciones.

Llegadas las siete de la tarde comenzaban a oírse silbidos de molestia por la demora, grititos de pequeños y pequeñas ansiosos por ver el espectáculo y promesas de los padres que les decían una y otra vez: “ya casi empieza”. 

A partir de este punto, cada segundo parecía una eternidad y la adrenalina subía lentamente, puesto que en cualquier momento podría dar inicio el concierto. Aproximadamente a las siete con ocho minutos, las pantallas cambian el logo del programa para pasar a ver a los operadores de cámara (esos simpáticos pinos de boliche que siempre aparecen al fondo del foro) yendo y viniendo de aquí para allá para alistar todo.

El primer grito de alivio y ovación pura es para Juanín, quien de costumbre le anuncia a Tulio que ya se encuentran al aire, perdón, en vivo desde el Zócalo de la Ciudad de México. Luego, fundido a negro y de pronto comienza la intro del programa, aquella que todos comienzan a tararear, silbar o cantar con monosílabos diversos. 

El auto de Tulio arriba al estudio, baja el conductor y atraviesa con icónica vanidad los camerinos para llegar al foro del noticiero. Se sube el telón y viene el segundo grito comunitario, dándole la bienvenida al equipo de 31 Minutos al corazón de la ciudad, su hogar.

Tras un breve monólogo de Tulio, inicia un número musical que canta junto a Juanín; aparece el Maguito explosivo para dar cátedra de cómo se hace un buen fanservice y de pronto el show parece terminar, porque en dicha canción se han dicho todas las noticias importantes. En las pantallas aparecen los créditos del programa, dejando confundidos a los asistentes. 

No obstante, llega una noticia extra que da la esperanza de que el programa se alargará y, sin darle tiempo al público de respirar para procesar lo que está pasando, Tulio se desmaya y entra a set el personaje más amado por los fans: Juan Carlos Bodoque. La ovación al conejo rojo se ve interrumpida por su desmayo y la aparición de Patana, quien también se afecta por el impacto de la noticia, dejando solo a Juanín, quien intenta arreglar la situación. 

Tras una pantalla que indica problemas técnicos, inicia formalmente el concierto con Rin Raja, canción que pocos cantan pero que prepara al público para corear Tangananica Tanganana, melodía que resuena por el escenario.

Seguidas por diecinueve canciones, entre las que destacan Señora, devuélvame la pelota; Mi mamá me lo teje todo; Ríe; Diente blanco, no te vayas (con mención honorífica por hacer homenaje a Juan Gabriel); Objeción denegada; La La; Son Pololos y Baila sin cesar, las pantallas se vuelven oscuras nuevamente. 

Mucha gente comienza a retirarse, mientras que otros comienzan a pedir: “otra, otra”. Varios asistentes comentan que hace falta una canción; otros dicen que esa no, que es mejor esta otra o aquella. En medio del debate, las pantallas recuperan color y se proyecta un jardín idílico donde Flor Bovina comienza a interpretar Mi muñeca me habló; madres, hijas y abuelas corean la letra y bailan al ritmo como si fuera un himno y se nota que solo entre ellas se confían sus secretos más íntimos.

Al finalizar suenan trompetas y un escenario tropical le da la bienvenida a Bombi para que cante Arwrarwrirwrarwro, composición que niños cantan eufóricamente y sin equivocarse con la letra; cuando se vuelven a apagar las luces, permea una incertidumbre por saber qué artista se aproxima en lo que parece una nave espacial, pero se disipan las dudas cuando Dinosaurio Roberto comienza su melancólica melodía El Dinosaurio Anacleto, interpretación que emociona a los pequeños y hace llorar a los jóvenes y adultos, quienes ven más allá de la tela que compone al títere y exponen una inexplicable nostalgia que les hace sacar las lágrimas.

Cuando todo parece haber terminado de la forma más deprimente posible, Tulio pide al público que cante con él una canción; todos responden que sí y entonces, al son de la intro, comienza el elenco entero a cantar Yo nunca vi televisión, canción que cierra con broche de oro el festejo y deja a todos los asistentes con una sonrisa, listos para ir a casa siendo felices y creyendo en el amor. 

Globos salen volando, fuegos artificiales alumbran la noche, pedazos de algodón de azúcar vuelan por el cielo, los de hasta enfrente son bañados en serpentina, mientras que los de hasta atrás aprovechan que la gente se dispersa para correr al escenario y agradecer a sus ídolos de cerca.

De camino al metro, un joven le dice a sus amigos que de ahí se vayan a la “Puri” y otros, fuera del grupo, le contestan que sí, que ellos también quieren ir para seguir la fiesta; una muchacha le dice a su compañera que faltó a clases por venir acá y que no terminará el proyecto, que va a reprobar, pero que por 31 Minutos había valido la pena; un padre le dice a su hijo que fue un gran día porque pudo verlo, cantaron juntos y ganó el equipo femenil de las Chivas. Todos, camino a casa, comentan que fue un gran concierto.

El metro está colapsando y no puedo regresar a “mi rancho” por medio de las cinco rutas que me planteé cuando venía de ida, pero no importa porque vengo con mi mamá, la mujer que de niño me dejaba sintonizando Canal Once para ver mis programas favoritos, la misma que ahora me ha enseñado una nueva alternativa para que volvamos a nuestro hogar. 

En el trayecto seguimos viendo las orejas de conejo y los audífonos de diadema, esta vez partiendo hacia Pantitlán, Zaragoza, Chalco, Tlalmanalco, Las Águilas y otros lugares que aún no he conocido pero que suenan lejanos, todos con la satisfacción de haber presenciado lo que será uno de nuestros mejores recuerdos de infancia, adolescencia, adultez o vejez.

Miro a la ventana del autobús y me figuro siendo periodista, cronista quizá; me río. A pesar de que dije que nunca volvería a pensar en estudiar Comunicación después de casi morir de amor por una comunicóloga. Hoy culpo a Álvaro Díaz, Pedro Peirano y al resto del crew de 31 Minutos por darme ánimos para empezar otra carrera universitaria y darle a mi niño interior una noche espectacular llena de risas, nostalgia, música y reunión familiar.

No soy Juan Carlos Bodoque. Soy Carlos Nissim Valencia Osorio. Y esta no fue la nota verde.

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